sábado, 27 de noviembre de 2010

" [...]
   Otro punto que hay que destacar es que Rudy no intentó abandonar las gélidas aguas en cuanto tuvo el libro en la mano, sino que permaneció dentro un par de minutos. Nunca se lo confesó a Liesel, pero creo que ella sabía muy bien que las razones fueron dos.

LOS MOTIVOS HIPOTÉRMICOS
DE RUDY STEINER
1. Tras meses de fracasos, esa fue la única oportunidad de deleitarse con una victoria.
2. Una muestra de altruismo de esa magnitud era una buena ocasión para pedirle el típico favor. ¿Cómo iba a negarse Liesel?


   - ¿Qué hay de ese beso, Saumensch?
   Permaneció unos minutos más en el agua, hundido hasta la cintura, antes de salir y tenderle el libro. En realidad creo que tenía miedo. Rudy Steiner temía el beso de la ladrona de libros. Debía de haberlo deseado con todas sus fuerzas. Debió de haberla querido con todo su corazón. Tanto, que nunca más volvería a pedírselo y se iría a la tumba sin él."

" [...]
   Liesel sacó El árbol de las palabras de la bolsa y le enseñó a Rudy una de las páginas en las que aparecía un niño con tres medallas colgando del cuello.
   -'El pelo de color limón.' -leyó Rudy. Tocó las palabras con los dedos-. ¿Le hablabas de mí?
   Liesel no pudo responder enseguida. Tal vez fue la súbita sacudida amorosa que sintió por él. ¿O lo había sido así siempre? Era probable. Privada del habla, deseó que la besara, que la agarrara de la mano y la atrajera hacia él. No importaba dónde. En la boca, en el cuello, en la mejilla. Tenía toda la piel libre para él, a la espera.

Unos años antes, cuando corrían por un campo embarrado, Rudy era un saco de huesos ensamblados con prisas, de sonrisa escarpada e irregular. Esa tarde entre los árbolas era alguien que repartía pan y ositos de peluche. Era tricampeón de atletismo de las Juventudes Hitlerianas. Era su mejor amigo. Y faltaba un mes para su muerte.
   -Claro que le hablaba de ti -respondió Liesel.
   Se estaba despidiendo y nisiquiera lo sabía."

" [...]
   Luego vino Rudy.

   Por los clavos de Cristo, Rudy...

   Estaba en la cama con una de sus hermanas, quien debía de haberle dado una patada o un buen empujón para conseguir casi todo el espacio disponible porque el pobre estaba en el borde, rodeándola con un brazo. El niño dormía. Su cabello iluminado por las velas incendiaba la cama y los recogí a ambos, a Bettina y a él, con sus almas todavía en la manta. Al menos fue una muerte rápida y aún no estaban fríos. El chico del avión, pensé. El del oso de peluche. ¿Dónde estaba el último consuelo de Rudy? ¿Dónde estaba esa persona que consolarle de que le robaran la vida? ¿Quién estaba allí para tranquilizarlo cuando le arrancaron la alfombra de la vida bajo sus pies desnudos?
   Nadie.
   Allí sólo estaba yo.
   Y lo de consolar a la gente no es que se me dé muy bien que digamos, sobre todo con las manos frías y estando la cama tan caliente. Cargué con él, con suavidad, por la calle destrozada, con sabor a sal en un ojo y el sepulcral corazón en un puño. Con él me esmeré un poco más. Miré un momento lo que contenía su alma y vi un niño tiznado de negro gritando el nombre de Jesse Owens mientras se llevaba por delante la cinta de llegada. Lo vi hundido hasta la cintura en el agua gélida, intentando atrapar un libro, y vi un niño tumbado en la cama imaginando el sabor que tendría un beso de su extraordinaria vecina. Ese chico puede conmigo. Siempre. Es lo único malo que tiene. Me rompe el corazón. Me hace llorar.
[...]"

" [...]
   Se topó con pijamas destrozados y rostros desgarrados. El cabello del chico fue lo primero que vio.

   ¿Rudy?

   Al segundo intento, no sólo musitó su nombre.
   -¿Rudy?
   Estaba tendido en el suelo, con su cabello rubio y los ojos cerrados. La ladrona de libros corrió hacia él y cayó de rodillas. Soltó el libro negro.
   - Rudy, despierta... -sollozó. Lo cogió por la camisa del pijama y lo sacudió son suma suavidad, incrédula-. Despierta, Rudy. -Mientras el cielo seguía caldeándose y lloviznaba ceniza, Liesel sujetaba a Rudy Steiner por la camisa-. Rudy, por favor. -Intentando reprimir las lágrimas-. Rudy, por favor, despierta, maldita sea, despierta, te quiero. Vamos, Rudy, vamos Jesse Owens, pero sí te quiero, despierta, despierta, despierta...
   No sirvió de nada.
   La montaña de escombros era cada vez mayor. Colinas de Cemento coronadas de rojo. Una bella joven vapuleada por las lágrimas, zarandeando a los muertos.
   Incrédula, Liesel enterró la cara en el pecho de Rudy. Incorporó el cuerpo inerte intentando que no se fuera hacia atrás, pese a que no le quedó más remedio que devolverlo al suelo devastado. Con suavidad.
   Despacio, despacio.
   -Dios, Rudy...
   Se inclinó sobre el rostro sin vida y besó los labios con delicadeza a su mejor amigo, Rudy Steiner. Rudy tenía un sabor dulce y a polvo, sabía a reproche entre las sombras de los árboles y el resplandor de la colección de trajes del anarquista. Lo besó larga y suavemente, y cuando se retiró, le acarició los labios con los dedos. Le temblaban las manos. Volvió a inclinarse una vez más, pero esta vez perdió el control y sus labios carnosos no acertaron. Sus dientes colisionaron contra el desolado mundo de Himmeltrasse.
   No se despidió. No tuvo fuerzas. Minutos después, logró apartarse de él y arrancarse del suelo. [...]".



Te odio, porque sos muy bueno escribiendo y me hacés llorar con tanta mierda.

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