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En ese momento me invadió la vergüenza. Lo único que supe hacer fue crear un ovillo con mi cuerpo y quedarme sentada sobre el colchón. Él comenzó a reír rodeado de gracia y ternura. No sabía dónde meterme, quería que me tragara la tierra. Él pasó su mano sobre mi brazo, muy suavemente, mientras su risa se hacía cada vez más silenciosa. No podía mirarlo, pero intuía que él estaba sonriendo. Comenzó a acariciarme el pelo, pero yo no quería moverme. Sentía la cara caliente y pesada, podría jurar que estaba roja como un tomate, y mi cuerpo estaba atado por sogas, no podía estirarme. Igual, tampoco quería volver a ver su mirada entre burlona y dulce, con la que no había dejado de mirarme desde que cometí ese error.
Decidió hacer algo al respecto de mi tan inmóvil posición. Me alzó como en las películas, yo tapando mi cara con mis manos y suplicándole que me bajara, sin moverme. Despacio, me recostó sobre el colchón de la cama de al lado. Volví a adquirir mi posición fetal y hundí mi cara entre mis puños y la almohada. Él se tiró a mi lado. Yo seguía sintiendo esa mirada burlona y no quise comprobar si aún la tenía o si era producto de mi imaginación. Empezó a recorrer mi perfil, puso mi pelo detrás de mi oreja, yo me oculté más entre mis brazos y comprimí un poco más mi cuerpo. Entendió que era más difícil de lo que creía. Yo quería huir, que él desapareciera y poder seguir mirando hacia adelante sin ningún rastro de vergüenza, pero ahí estaba, hecha un ovillo sobre su cama, y él, junto una sonrisa y armado de paciencia, intentaba hacerme sentir mejor.
-Olvidate de eso tonta, hagamos como si no hubiera pasado nada, ¿sí?- Seguía igual de dulce que siempre. Sin embargo, negué con un rápido y frenético movimiento de cabeza, y me hice más pequeña.
Percibí su frustración, pero volvió a acariciarme lo que se asomaba de mi cara y hurgó en mis manos, me descubrió un poco, abrí los ojos y lo encontré sorpresivamente cerca. Los abrí más, asombrada, y me retiré un poco. Me frenó. Miré de lleno sus ojos. Color miel, sí, un marrón claro tirando a avellana, con un par de destellos amarillos, casi imperceptibles, pero, claro, a la distancia a la que nos encontrábamos podía verlos perfectamente. Miró mi boca y luego volvió a mis ojos. Una sonrisa se asomaba de sus labios, pero la agrandó más hacia su derecha. Allí estábamos, yo hecha un nudo y nerviosa y él completamente relajado, sonriéndome, acariciándome. Volvió a mirar mi boca, y yo miré la suya. La mueca de la sonrisa ahora era apenas perceptible, pero su esencia se mantenía intacta. Respiró hondo, soltó un suspiro, y me miró a los ojos.
- Te amo... - Quedé helada. ¿Qué iba a decirle? ¿Que lo amaba más de lo que él se imaginaba? ¿Que moría por él desde hacía muchísimo más tiempo? Creo que él notó la sorpresa en mis ojos.- Pero, claro, si vos no, te entiendo, disculpá, no sé en qué estaba pensando...- Desvió la mirada hacia otro lado y se tumbó boca arriba.
O al menos eso intentó.
Cuando amagó a darse vuelta una de mis manos se soltó de las sogas y le agarró el hombro. Se volvió a mirarme y yo tenía una mirada sorprendida, miedosa, no podía dejar de gritarle "Te amo, te amo, ¡te amo!, sin embargo no me movía. ¡Maldita sea! ¿Por qué sos tan tímida si al fin y al cabo te conocen por ser una persona sin escrúpulos?
Lo vi algo triste, pero al tenerlo de frente a mi cuerpo, decidí hundirme en su pecho. Me rodeó con su brazo libre y me apretó fuerte. Siempre fue bueno en eso. Siempre supo abrazar fuerte sin dañarme. Cuando cesó la presión, con el mismo brazo me agarró de la pera y levantó mi cara. Ambos supimos qué estaba por pasar. Sus ojos no sabían si mirar los míos o mi boca, y demasiado despacio fue acercándose. Yo miraba fijamente el color miel que tanto me dominaba. Vi que se iban cerrando de a poco a medida que miraban mis labios. No podía seguir ausente de eso.
Nos besamos.
Sí, como leés. Nos besamos. Pasaron los años de eso y todavía recuerdo cómo nuestras respiraciones comenzaron a efectuarse al mismo tiempo la una de la otra.
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