domingo, 30 de octubre de 2011

[...]

Lo que comenzó a preocuparme fue el hecho de que no dejara de hablar. Decía cosas interesantes y tenía (y tiene) una capacidad muy copada de locución, pero yo tenía esa necesidad de... paz. Aparte, ya comenzaba a desesperarse. Se podía notar a simple vista que él estaba siendo atormentado por su cabeza.
Tomé sus manos, las apreté, lo llamé por su nombre y le pedí que se tranquilizara.

-No sé hacerlo. - Eso me tomó por sorpresa - Hace años cargo esta locura y no puedo sacarla de mi cabeza. Es una constante tortura, - Estaba comenzando a hablar de nuevo- mi mente no me da descanso, no sé qué es la paz, sólo puedo...
- Callate, ¡Callate de una vez! Me estás desesperando a mi. - Me miró asombrado y asintió con la cabeza - Bien - Me acerqué a su cara, puse mis manos en sus hombros - Ahora, respirá hondo... Mantené... Exhalá... ¿Mejor?
- Sí, bastante, gracias.

Lo abracé y mientras me rodeaba lo sentí repetir esa respiración. Nos soltamos y él apoyó su espalda en el respaldo del sillón. Me miró tranquilo y me sonrió. Debo admitirlo, me sentí importante. Pude tranquilizarlo en sólo un segundo, y su sonrisa me hacía sentir realizada.

También debo confesar que no esperaba más que eso. Creo que hasta ese momento no había reparado en cuánto me gustaba esa sonrisa. Sabía que me gustaba... pero no tanto.

Volvió a rodearme con el brazo. No recuerdo qué música escuchábamos. Tal vez no pueda volver a escuchar ese disco (que por cierto, sí sé cuál es), pero no viene al caso. Nos miramos y nos abrazamos. Al separarnos mi brazo estaba sobre sus hombros y no sé en qué posición estaba que podía mirarlo desde arriba. Podría decirse que estaba jugando con su pelo.

Me miraba serio, como con sueño. Siempre voy a jactarme de que yo miro con los ojos bien abiertos. Excepto cuando sonrío.

Supongo que dije algo gracioso y empecé a reírme contra su cabeza. No sé qué pasó por su cabeza, pero al volver a mirarlo tenía ojos bastante tristes y grandes. No podía dejar de mirarlo. Parecía estar dudando.

Lamentablemente mucha luz no había en el lugar (Una especie de living en el segundo piso), por lo tanto no sabría decirte bien de qué color eran y son sus ojos. Eran marrones, sí, pero... Eso es todo lo que sé. Me miraba como rogándome algo, y no me animé a preguntarle. Pobre muchacho.

Me besó. Ni yo me la vi venir, la verdad me tomó totalmente por sorpresa. Me besó. ¡Me besó! Algo raro pasaba. Un tiempo después me admitiría que había sido un impulso.
Y que él no cedía/cede a impulsos.

En fin. Nos alejamos un poco y nos miramos. Seguía teniendo los ojos tristes, pero ahora algo más sorprendidos. Tal vez con un poco de miedo. Estoy segura de que mi cara era de sorpresa.

No lo pensé dos veces y lo volví a besar. Sí, el muchacho definitivamente me encantaba y hasta ese momento no lo había descubierto.

[...]

Era todo un universo nuevo para mi, que tuve poco tiempo de recorrer. "Lo bueno, si breve, dos veces bueno" ¿O no? Nunca me gustó lo breve. Y menos dentro de ese universo tan interesante.

Lo vi varias veces después, desesperado por su locura, y si bien fui su remedio esas veces, debo informarme que ya no lo soy más. Ni volveré a serlo.

Pero siempre me gustaron los impulsos.

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