lunes, 3 de octubre de 2011

Debo admitir que siendo hija única soy bastante caprichosa. Pero no vinimos a generalizar.

Acabo de recordar algo que hacía de pequeña... Y de algo más grande con otras cosas.

Comencemos:

Hace diez años, aproximadamente, más menos 2 años digámosle, comencé con el miedo a las agujas. Impresión. Nunca tuve que andar con suero y nunca soporté sentir algo metálico entrando por mi piel hasta mis venas. El terror de que se rompiera y me quedara adentro y me destrozara todo lo que tuviera alrededor hacía que me pusiera nerviosa y tensara los músculos. Ni hablar de la idea de que siguiera viajando por el torrente sanguíneo, por más imposible que sonara. Nunca fue fácil ponerme inyecciones... En el caso de que consiguieran ponérmela.

No, no salía corriendo ni me escondía abajo de la cama para que mis viejos me tuvieran que sacar a los tirones. El pecho a las balas... Pero si podemos evitar que disparen, lo haremos.

Cuestión, ante mi inminente terror tan de pequeña, no podía hacer otra cosa que llorar. Llorar, gritar, patalear y rogar que por favor no me introdujeran ese elemento del demonio. Mis pulmones se llenaban de desesperación que salía en forma de quejidos inentendibles.

Mis viejos, no sé si asustados, apiadados o hinchados los huevos, alejaban la aguja de mi piel y le pedían al doctor/pediatra, una alternativa a la aguja, por lo que me tendían una receta de pastillas, un vaso de agua y a la cama. (Probablemente de ahí mi afición por tomar pastillas, me encanta tragarlas, ¡es genial!)

Vale aclarar que eso ya no me sirve (con las inyecciones), ahora lo hago más diplomáticamente, pido pastillas e intento evitar las agujas a toda costa.

La primera vez que fui a sacarme sangre fui con el cagaso de mi vida. Llorando, y obviamente no mire. Creo que nunca podría drogarme con morfina, realmente no podría.

No sólo me da impresión que me introduzcan a mi la aguja, sino a cualquiera a mi alrededor que yo esté mirando. ¿Y si se quiebra? Por más de que sea imposible, tengo esos terrores (Otro día me dedicaré a hablar de los globos) absurdos en mi vida. Sólo que este no es tan raro.

En fin, me acordé hoy no sé cómo, pero recuerdo esos llantos y ¡ah! la verdad, era deprimente verme en ese estado.

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